Leer
el pensamiento de Alberto Ginastera
Leer el pensamiento
de Juan José Castro
EL PENSAMIENTO DE
ROBERTO GARCÍA MORILLO
sobre Julián Bautista
“Julián
Bautista”,
Revista
“ARS” de Buenos Aires,
Nº
3, año 1961.
Una
pérdida dolorosa y considerable para el arte musical de la Argentina
ha sido sin duda la desaparición del compositor español Julián
Bautista, radicado durante mucho tiempo en nuestro país, a cuyo
movimiento artístico y cultural se había asimilado completamente,
constituyendo uno de sus principales y más calificados representantes.
Tan es así que en 1957, en el Segundo Festival de Música Latinoamericano,
celebrado en Caracas, integró la delegación que figuraba en representación
de la Argentina, y esta designación pareció a todos muy natural
y lógica, como correspondía.
Conocí
a Bautista hace más de veinte años, cuando acababa de llegar al
país, en condiciones bastantes difíciles, después de haber sufrido
en carne propia las miserias y desgracias ocasionadas por la guerra
civil española. Al correr de esa amistad, que se mantuvo inalterable
durante todo ese tiempo, fui apreciando cada vez más las cualidades
de Bautista como hombre de bien, leal amigo y artista cabal. Mucho
hizo Bautista por el arte musical de nuestra tierra, con su aporte
de valor tan fundamental, pero su mejor lección reside quizás
en su intachable línea de conducta.
Como
he referido en otra ocasión: “Al lado de sus dotes como creador,
de sus méritos como profesor y orientador, se manifestaban sus
cualidades personales, su simpatía y don de gentes, su caballerosidad
y calidez humana, que hacen tanto más lamentable su desaparición,
que dejará un recuerdo acongojado en quienes tuvieron la oportunidad
de cultivar su amistad”.
Completaré
ahora, en lo posible, un breve estudio sobre la personalidad artística
y caracteres de la obra de este talentoso compositor, iniciado
hace años; es un estudio necesariamente incompleto, pues gran
parte de su producción musical se perdió en los bombardeos de
Madrid durante la guerra civil –en que fue destruida su casa.
De manera que para varias de sus composiciones importantes me
limitaré a reproducir las opiniones, bien autorizadas, por cierto,
de un tercero , en este caso Rodolfo Halffter, quien le consagró
un excelente artículo aparecido en la revista “Música”, de Barcelona,
en enero de 1938. Como apuntó en una ocasión el crítico musical
del diario La Nación “Julián Bautista es uno de los jóvenes y auténticos
talentos de la música española actual. Su carrera se anunciaba
brillante, cuando los acontecimientos que ensombrecieron su patria
le obligaron, como a tantos otros, a trasladarse al extranjero”.
En
la primavera de 1930 se constituyó en Madrid una agrupación de
jóvenes compositores, guiados por un ideal común, que si bien
no llegó a formar un núcleo perfectamente definido, como el de
los cinco rusos, o el de los seis franceses, ejerció una indudable
influencia en el ambiente musical, y tal vez sólo la falta de
tiempo impidió que llegase a constituir un movimiento de proporciones
en la evolución de la península. El Grupo de Madrid estaba integrado por tres discípulos de Conrado del
Campo: Julián Bautista, Salvador Bacarisse y Fernando Remacha,
a los que se sumaron Rodolfo Halffter, Juan José Mantecón, Gustavo
Pittaluga, y, para no ser menos que sus colegas parisienses, una
compositora, Rosita García Ascot. Este grupo fue frecuentado por
algunos compositores más, Gustavo Durán, entre otros, pero sólo
en forma esporádica.
Sostenido,
como digo, por un afán común de renovación, de aunar esfuerzos
individuales en pro de las nuevas orientaciones, este movimiento
tenía además la necesaria flexibilidad como para admitir en su
seno personalidades diferentes, tendencias diversas y a veces
hasta antagónicas, condición inherente a su amplitud y vitalidad.
Como
cita Chase en su libro The
Music of Spain, existieron varios factores constantes, varios
comunes denominadores que aseguraban la unidad de la agrupación,
en un plano estético más elevado. Pittaluga, el portavoz, se refirió
en algunos artículos sobre los principios generales sustentados
por la Promoción de la República
(como calificara Adolfo Salazar al Grupo de Madrid). Los mismos pueden quedar resumidos de la siguiente
manera: 1) No entrar
a discutir el problema del nacionalismo o folklorismo (tan debatido
en España por las generaciones anteriores);
2) Necesidad de escribir música auténtica,
en su sentido más absoluto, es decir, cuyo valor sea medido sólo
por sus cualidades sonoras, sin tomar en cuenta los aspectos literarios,
plásticos o filosóficos;
3) Eliminación de todo romanticismo, cromatismos, divagaciones
sonoras y acordes de séptima disminuida (sic).
El
primer punto, evidentemente, está fuera de discusión, pues lo
que es una necesidad espiritual en un compositor, deja de serlo
en otro, y no se pueden formular reglas generales en ese sentido,
debiendo ante todo atenerse a la sinceridad de expresión; los
músicos de un país de tan fuerte y definida personalidad artística
como España, de tan añeja tradición, no tienen porqué preocuparse
de escribir o no música nacionalista: los caracteres que la distinguen
(algunos de ellos, por lo menos), aparecen casi a pesar suyo,
más o menos atenuados, como un imperativo étnico. En cuanto a
los otros puntos, responden lógicamente a las directivas estéticas
imperantes hacia la época de formación de la mencionada agrupación.
-o-o-o-
No
por razones de estilo, sino simplemente geográficas y de fecha,
se puede dividir la producción de Bautista en dos grandes períodos:
español y argentino. Los caracteres distintivos de la música de
Bautista, corresponden, sumados a ciertos rasgos distintivos que
contribuyen a darle un sello personal, a los que fijaron la estética
general del Grupo de Madrid.
En
la evolución de su obra se advierten cuatro maneras (en el sentido
de modos de hacer, no de etapas), que no se suceden según un orden
estrictamente cronológico, pues en realidad corresponden a diferentes
aspectos de su individualidad, que priman en determinado momento,
de acuerdo a veces con las circunstancias, pudiendo en ocasiones
coexistir en una misma obra. Son, por orden de aparición, impresionista,
españolista, neoclásica y contemporánea.
Impresionista.
El deslumbramiento provocado por el conocimiento de las mejores
páginas debussystas tenía necesariamente que reflejarse en la
producción inicial de nuestro compositor (no hay que olvidar que
las Noches en los jardines de España, de Falla, fueron terminadas en 1915),
quien recurre a ciertos procedimientos armónicos –acordes en movimiento
paralelo—que asimila perfectamente, hasta el punto de poder considerarlos
inherentes a su personalidad. Corresponden a este estilo Interior, La flûte de jade, Colores, el primer cuarteto de cuerdas
y los Tres preludios japoneses.
Españolista.
Se advierte en su música un nacionalismo auténtico, evidente en
las obras de asunto o atmósfera españoles (Dos
Canciones, Juerga, Preludio y danza para guitarra, Fantasía española,
Cuatro poemas gallegos, Tres ciudades, Romance del Rey Rodrigo),
latente en las que obedecen a un impulso más universal, pero siempre
perceptible. Desde luego su modo de comprender el folklore es
irreprochable: no utiliza directamente ningún motivo popular,
sino que, mediante un sutil proceso de elaboración, desprende
del material folklórico su esencia, es decir las particularidades
más típicas en ritmos, giros melódicos, sugestiones armónicas,
etc. rechazando lo accesorio y evitando cuidadosamente todo sacrificio
a lo pintoresco.
Neoclásica. El famoso retorno a Bach, en que se desenvolvió
la música moderna durante algunas décadas, se traduce en los compositores
españoles –a quienes dieron la voz de alerta Albéniz y Falla—con
la frase “retorno a Scarlatti”. Efectivamente, es en la música
clara, sobria y fresca del ilustre maestro napolitano que se han
inspirado los más destacados compositores españoles contemporáneos.
Aunque en casi toda la producción de Bautista debe buscarse este
influjo, en la Sonatina-Trío,
en la Suite all’antica
y en la Sonata à quatre,
sobre temas de Pergolese, donde se hace más perceptible.
Contemporánea. Finalmente en otro grupo de composiciones
(los dos últimos cuartetos de cuerdas, Obertura
para una ópera grotesca, las dos sonatas concertate a quattro,
y las dos sinfonías), predomina una calidad sonora más de acuerdo
con el espíritu actual: música de aristas afiladas y contrastes
violentos, de una aspereza y un dinamismo que recuerda a producciones
análogas de Béla Bartók (en los Cuartetos), Paul Hindemith (Mathis
der Maler). Parecería que esta última es la que se iba imponiendo,
como se advierte al recorrer el catálogo de obras de Bautista.
En sus últimas páginas se observa en cierto modo un acercamiento
entre esta orientación y la españolista.
Al margen de estas consideraciones, se manifiesta en la música
del mencionado compositor una autocrítica muy severa –ya casi
proverbial en la joven escuela española—que le obliga a retocar
y pulir constantemente sus obras, aún después de estrenadas, lo
que explica sus abundantes segundas
ediciones.
En un terrena técnico, puede indicarse que su melodía, eminentemente
diatónica, bien definida, se recorta con nitidez sobre una armonía
simple, diáfana, de juego polifónico transparente y luminoso,
antípoda de las complicaciones contrapuntísticas centroeuropeas.
Su armonía, que presenta a veces reminiscencias modales de tipo
Ravel, admite con frecuencia la polifonía, o mejor dicho, las
superposiciones de acordes correspondientes a diferentes tonalidades,
aunque primando siempre una de ellas. Se advierte una gran economía
de medios, que le obliga a no emplear más que lo estrictamente
indispensable, desdeñando toda redundancia o lugar común.
Un rasgo bien peculiar de Bautista es dado apreciar en los
movimientos melódicos o, con más frecuencia, en los compuestos
armónicos integrados por series de cuartas –casi siempre justas,
en ocasiones aumentadas—que, podrían ser tomadas como representación
de armonías producidas por las cuerdas al aire de la guitarra,
o, en las obras de ambiente oriental, como consecuencia de pentafonismos,
aunque más probable es que correspondan a una sensibilidad especial,
y broten espontáneamente; además, este sistema por cuartas, tratado siempre en forma diatónica, da mucha
mayor riqueza y variedad de recursos a su estructura armónica.
Finalmente su música está dotada de un agudo sentido rítmico,
que se manifiesta tanto en la finura con que trata los metros
más comunes, como en su fantasía y capacidad imaginativa para
inventar nuevas combinaciones rítmicas.
Músico de estilo, y no de carácter (a pesar de algunas excepciones),
Bautista experimenta marcada predilección por las obras correspondientes
a lo que se ha convenido en llamar música pura –exenta de elementos
extramusicales--, de arquitecturas definidas, en las que la unidad
motívica y el trabajo de desarrollo cobran un valor de primer
plano. Así un núcleo temático, bien definido, puede dar origen,
mediante una oportuna elaboración que pone manifiesto sus posibilidades,
a todo el trozo.
-o-o-o-
Su producción teatral se reduce a dos obras: una ópera, Interior,
y un ballet, Juerga.
La pérdida de la primera, hace indispensable el comentario de
Halffter, quien se expresa de ella en los siguientes términos:
“Al cumplir diecinueve años, Bautista acomete la empresa, ardua
si se tiene en cuenta su edad, de poner música a una obra de teatro:
Interior, de Mauricio
Maeterlinck. No tiene nada de extraño la elección del texto literario.
El joven compositor acaba de descubrir con asombro Pelléas
et Mélisande, de Debussy, cuyo libro es también de Maeterlinck.
Con habilidad notoria, asimila los procedimientos impresionistas
de escritura armónica, orquestal y vocal; y el resultado es magnífico:
después de un año de trabajo intenso, termina la ópera. “
“Aunque la influencia de Debussy estaba latente, la obra contenía
páginas de fina musicalidad y lograda realización, reveladoras
de una personalidad incipiente. Sobre todo, en su último tercio,
cuyo dramatismo quedaba acentuado por una acertada intervención
de un coro mixto, oculto detrás de la escena”.
El ballet Juerga
corresponde también al primer estilo, impresionista, del compositor.
El argumento, de Tomás Borrás, muy modificado posteriormente por
el músico, es una evocación del espíritu madrileño de fines del
siglo pasado, un cuadro de costumbres, donde se presentan algunos
caracteres típicos, pertenecientes a diversas clases sociales,
pero principalmente del pueblo. Para esta obra, que dentro de
su producción ocupa tal vez un lugar análogo al de El sombrero de tres picos, en la de Falla, Bautista ha compuesto una
música recia, impetuosa, llena de vida y color, realzada por una
orquestación cálida y suntuosa. Halffter indica que el material
sonoro nace de un núcleo armónico auténticamente popular, de un
acorde derivado de la afinación de la guitarra.
Por los fragmentos que conocemos (la partitura consta de los
números siguientes: preludio, vals, pasacalle y entrada de los
juerguistas, danza de las chulillas, danza del pollo
enamorado, danza grotesca, danzón de la flamenca (tango), danza
del torero de rumbo (zapateado), danza general y nocturno), se
puede tener una idea bastante clara del espíritu que anima a esta
composición, bien acreedora, por cierto, a una representación
integral entre nosotros. Juerga
fue estrenado en 1929 por la compañía de bailes españoles de Antonia
Mercé, “La Argentina”, en la Opera Cómica, de París, con escenografía
y vestuario de Manuel Fontanals.
-o-o-o-
En un mundo completamente diferente nos encontramos frente
a los Tres preludios japoneses,
que, con La flûte de jade
(tres canciones sobre poesías chinas traducidas al francés por
Franz Toussaint, para soprano y piano) revelan otra faceta de
la personalidad de Bautista, siempre dentro de un estilo general
impresionista: un orientalismo de buena ley, que se complace en
los refinamientos y sutilezas de escritura, cuajada de mil detalles
y minuciosidades que recuerdan el estilo de las más finas estampas
japonesas. la flûte de jade
constituye una atrayente serie de tres canciones, contrastando
la delicadeza de toque de la primera, Je
me promenais..., con la expresión intensa de la segunda, Depuis
qu’elle partie... quizá la más lograda de las tres, que comienza
de una manera realmente seductora, y la alegría juguetona de la
última, Mon amie, con
sus brillantes chisporroteos de sonidos, en giros pentafónicos
y hexafónicos.
La orquestación de los Tres
preludios japoneses, cambiante y tornasolada, presenta igualmente
abundantes sonoridades inéditas, de intenso poder evocativo. Pero
por otra parte la solidez de su concepción se pone de manifiesto
en el estrecho parentesco temático de los diversos fragmentos.
El primero, A una laca, es una marchita finamente humorística, con sus pentafonismos
obligados y copiosa percusión, oponiéndose armoniosamente a la
melancolía y ambiente nocturno del segundo, A
una estampa, especie de berceuse
en la que se hacen presentes los tonos tristes del corno inglés,
y los lúgubres tañidos del tam-tam, y el ímpetu del tercero, A un tibor verdadero desencadenamiento sonoro, rebosante de vida y
dinamismo.
Una de sus páginas más importantes, y en la que alcanza un
notable grado de madurez, es la Suite
all’antica, que perfectamente podría haber sido denominada
sinfonía, o mejor sinfonietta, si Ernesto Halffter no se hubiera
adelantado por la lógica del discurso musical y el equilibrio
de su estructura. El instrumental, en el que sobre la masa de
arcos se destaca un grupo de solistas (madera, metal, percusión
y cuarteto de cuerdas), recuerda el procedimiento de oposiciones
clásicas del concerto grosso;
la orquesta es además empleada con un concepto menos pintoresco
que en la obra anterior. En sus cuatro movimientos: Overtura,
Adagietto, Rigodón y Finale, se manifiestan idénticas virtudes:
escritura pulida y cuidada, de clara polifonía. Ese lenguaje neoclásico,
no exento de audacias armónicas, la relaciona, además de la citada
composición de Halffter, con las últimas producciones de Falla:
El retablo de maese Pedro,
y el Concert.
La Obertura Grotesca
(en un principio Obertura
para una ópera grotesca, página que en 1932 ganó el Primer
premio del Concurso Internacional de la Unión Radio, de Madrid),
corresponde a un nuevo aspecto de la personalidad de Bautista,
el más avanzado como concepto estético, y que, como he dicho,
se inicia con el segundo cuarteto de cuerdas, pasando por las
dos sonatas concertate a
quattro. Aquí el puntillismo, los mil matices delicados de
los preludios japoneses, la elegancia de estilo y sobriedad de
las páginas neoclásicas, el ambiente castizo de las composiciones
españolistas, ceden el paso a un lenguaje más poderoso, más áspero,
que se traduce por una sonoridad más nerviosa y una armonía más
disonante. La fanfarria inicial (allegro
deciso), que recuerda algunos pasajes análogos de Falla, con
sus toque metálicos, da el tono general de la obra, que se sostiene
obstinadamente en un allegro
giusto, ben ritmico, después de haber superado un corto andante.
Predomina aquí el timbre de las trompetas, que tienen una parte
difícil, llena de pasajes de compromiso, con frecuencia en un
registro elevado. La manera de tratar el instrumental corresponde
exactamente al nuevo léxico: desdeñando las fluctuaciones constantes
de gradaciones apenas diferenciadas y las dosificaciones excesivas
de timbres, procede a grandes rasgos, dando la impresión de intensas
manchas de colores puros.
Uno de los mejores momentos en la obra de Bautista, es tal
vez la serie Tres Ciudades,
sobre poesías de Federico García Lorca, a cuya memoria está dedicada.
Dispone aquí nuestro músico de un lenguaje altamente expresivo,
al que llega mediante un intenso trabajo de síntesis de los elementos
vernáculos, de los que desprende toda savia vital, toda partícula
medular; sumada esta labor de depuración y estilización a una
inobjetable armonía formal, como señala Halffter, no resulta excesivo
parangonar a tres Ciudades
con algunos de los mejores momentos de Falla. De tono fuertemente
dramático, contrastan por sus diferentes matices. Así, en la Malagueña,
de un vaho cálido, sensual, y de una atmósfera trágica, donde
los sostenidos guitarreos (con las características resonancias)
animan, al acompañar, las vocalizaciones del canto. Es que:
“La muerte entra y sale
entra y sale de la taberna”.
En la segunda, Barrio
de Córdoba (tópico nocturno),
tal vez la mas hermosa, la emoción aparece contenida, dentro del
lenguaje voluntariamente más sobrio y un acento más oscuro, siendo
por eso más impresionante. La última, Baile
(Sevilla), es la pasión bravía, tumultuosa, exaltada, y culminación
de un estado de ánimo tanto como la evocación de un ambiente;
una de las transformaciones temáticas (grazioso)
es de una belleza musical absoluta. Termina con la sabia recomendación,
entonada a plena voz: “Niños,
niñas, cerrad las cortinas”, seguida por una larga y dramática
exclamación. Tres Ciudades fue estrenada en 1938, en los Festivales de la S.I.M.C.,
bajo la dirección de Hermann Scherchen.
-o-o-o-
Buena parte de su música de cámara, género por el que Bautista
sentía particular atracción, se ha perdido, hecho lamentable,
pues por lo que queda se puede apreciar en parte el valor de lo
que falta. La Sonatina-Trío, para violín, viola y violoncelo, ocupa una posición
especial en su obra, iniciando con ella su estilo neoclásico.
A través de su desarrollo es perceptible el deseo de simplificación
del elemento sonoro, para escapar al influjo impresionista. Los
temas aparecen completamente liberados de toda cargazón inútilmente
expresiva, y se destacan por su gracia y elegancia, en particular
el delicioso motivo que inicia el minuetto.
La Segunda sonata concertata
a quattro es una de sus obras más recias e intensas, bien
representativa de la tendencia más avanzada de su autor, aunque
ello no sea incompatible con un lirismo peculiar, de tono dramático,
que no teme rehuir giros cromáticos, curiosamente dispuestos “en
espiral”, y que se manifiesta ante todo en el segundo movimiento
Andante sostenuto, de
atmósfera misteriosa e inquietante. El primero, Allegro assai, descansa sobre un martilleo obstinado de corcheas staccato,
subrayadas por acentos irregularmente dispuestos que, junto con
frecuentes saltos melódicos y armonías por terceras y cuartas,
le comunican un perfil característico, nervioso y potente a la
vez.
El final, Allegro deciso,
igualmente muy dinámico, se inicia por el juego alternado de la
tercera mayor-menor, variado con mucho arte y que le confiere
ambigüedad tonal; su desenvolvimiento es interrumpido pasajeramente
por un Moderato grazioso, un poco scherzando e rubato, de tono más suave
y amable, para finalizar con una coda ruda y vigorosa. Esta obra
obtuvo el Primer Premio en el Concurso Internacional, organizado
en 1938, por el Quatour Belge à Clavier, cuyo jurado integraban
los maestros Arthur Bliss (Inglaterra), Alfredo Casella (Italia),
Jacques Ibert (Francia), Tibor Harsanyi (Hungría), Arthur Honegger
(Suiza), Leon Jongen (Bélgica), Willem Pijper (Holanda), Alexander
Tansman (Polonia) y Heinz Tiessen (Alemania).
De un espíritu muy análogo al de la Sonatina-Trío
es también la Sonate à quatre
d’après Giovanni Battista Pergolese, encargo de la mencionada
agrupación belga de cámara. El material temático está tomado de
algunas sonatas a tres del citado músico italiano, que han sido
objeto de un hondo trabajo contrapuntístico, pero sin desvirtuar
su estilo particular y su carácter. Después del Pulcinella
revela bastante audacia y confianza en sí mismo el intentar escribir
una obra análoga, por varios conceptos. Esa tarea, particularmente
escabrosa, de crear una música original recurriendo a materiales
de otro autor, y teniendo por delante un antecedente tan temible
como el de Stravinski, ha sido llevado a cabo por Bautista con
habilidad suma y perfecto conocimiento de causa; verdad es que
su trabajo ha debido der facilitado por cierta afinidad espiritual
con el antiguo músico napolitano, mezcla de gracia, sobriedad
y nobleza.
Una obra de dimensiones exiguas, pero de innegable calidad
musical, es el Preludio
y Danza para guitarra. Forma parte del repertorio del conocido
guitarrista Regino Sáinz de la Maza, para el que han escrito también
obras equivalentes otros jóvenes compositores: Pittaluga, Bacarisse,
Antonio José Rodolfo Halffter y Joaquín Rodrigo. Basada en la
sonoridad especial del instrumento, su autor ha hecho gala en
ella de sus conocimientos técnicos y de su dominio de los recursos
especiales y particularidades de la guitarra, logrando efectos
ricos e inéditos, que dan singular encanto a esta página de sabor
popular.
Completan la etapa española otras dos composiciones más. Son
ellas Dos canciones,
sobre textos de Gregorio Martínez Sierra, y la serie de piezas
para piano, denominada Colores.
Los ensayos correspondientes al período de formación (Sonata
para piano y violín, Cuarteto de Cuerdas, Canciones sobre poesías
de Bécquer, y Dos Impresiones Sinfónicas) fueron destruidas
por el autor. Además, durante la guerra civil española, se perdieron,
no sólo el drama lírico Interior,
sino los dos primeros cuartetos de cuerdas (ambos habían obtenido
el Premio Nacional de Música), la Primera
Sonata Concertata a Quattro, y los borradores de la Sonata
a tres, con arpa; el Concierto
para piano y orquesta, y Don
Perlimplín, ópera sobre libreto de Federico García Lorca.
-o-o-o-
La Sonate à quatre, d’après Giovanni
Battista Pergolese, data de 1939. Después se abre un largo paréntesis, de seis o siete años, en la producción
de Bautista, a causa de la guerra civil, con todas las consecuencias
que trajo aparejadas en los distintos órdenes, material, moral
y espiritual. Después de una triste odisea por diversos países
europeos, Julián Bautista logró llegar a Buenos Aires, donde se
encontró al principio en condiciones económicas bastantes difíciles,
sin hablar del abatimiento provocado por la situación imperante
en su patria. Pero la iniciativa y el apoyo de algunos amigos
generosos y desinteresados le permitió ir superando paulatinamente
esta penosa situación.
Al principio tuvo que dedicarse a la composición de fondos
musicales para films sonoros, tarea que realizó con fina musicalidad
y exacta comprensión del género. En el artículo antes aludido
en “La Nación”, se señalaba que, sin duda, ésta era solamente
una pausa en su labor creadora, y que pronto reanudaría “su actividad
musical propiamente dicha, ofreciendo otras manifestaciones de
su talento musical, con nuevas y más evolucionadas composiciones”.
Por fortuna, el tiempo confirmó plenamente estas palabras. Bautista
reanudó su labor de creación con una serie de obras que en conjunto
podrían calificarse como de etapa argentina, no porque ofrecieran
una diferencia fundamental con el resto de su producción, sino
por haber sido escritas en nuestro suelo, y a buena distancia
de las anteriores. Las mismas revelan una trayectoria ascendente,
en continuado esfuerzo de superación.
Tenemos en primer término, la Fantasía
española, para clarinete y orquesta, y los Catro Poemas Galegos, ambas obras fueron terminadas en 1946, con pocos
meses de diferencia, y se hallan separadas por varios años del
resto de su producción. La Fantasía
española es una composición de amplias dimensiones, en rigor
una especie de concierto de aspecto rapsódico. Es una obra de
madurez, de carácter atormentado y sombrío, en general, en la
que los elementos de corte vernáculo aparecen perfectamente asimilados
al lenguaje del compositor, que los utiliza como medio natural
de expresión. La escritura es bastante áspera y densa. con fuertes
disonancias y abundantes cromatismos que, empero, no debilitan
el sentimiento tonal. Los cambios son casi constantes, pero esta
fluctuación métrica obedece ante todo a razones de orden musical.
Consta de una serie de fragmentos, que se suceden sin solución
de continuidad, destacándose siempre la voz expresiva e insinuante
del clarinete, cuya parte es, lógicamente, de gran dificultad
técnica, abundando las cadencias –muy musicales—y los pasajes
de bravura. Son aquellos:
Allegro, ben ritmico,
que comienzan en los tonos graves de la orquesta (fagotes, violoncelos
y contrabajos) con cálidas sonoridades; Allegreto
grazioso (un poco moderato),
en tiempo de vals, iniciando de una manera especialmente atractiva,
con una repetición obstinada del mismo diseño, a guisa de estribillo,
un poco a la manera de la Danza
profana, de Debussy; Allegro
ben ritmico nuevamente; Lento
assai, que se desenvuelve en un movimiento de habanera, pleno
de sugestión; Allegro scherzando,
ágil y preciso. La cadencia final, de aspecto muy original y eficaz
en su disposición politonal, cierra brillantemente la obra, con
el mismo dibujo que la comienza. Es, en resumen, una partitura
noble y de singulares méritos.
Los Catro Poemas Galegos
presentan una fisonomía muy diferente. Compuestos para voz,
flauta, oboe, clarinete, viola, violoncelo y arpa, están basados
en poesías de Lorenzo Varela (María
Pita e tres retratos medivàes) desenvolviéndose dentro de
un clima general más simple y directo, de intenso poder de evocación.
El asunto ha dictado a Bautista un lenguaje de aparente sencillez
y rusticidad, músicas arcaicas, de contornos melódicos naturales
y espontáneos, pero apoyados en una armonía seudoprimitiva, a
veces dura y ácida, de una aparente torpeza –en el fondo sutil
manejo de los elementos puestos en juego—con choques y resoluciones
inesperadas, regidas por ortos principios modales; los ritmos
son muy elásticos, y escasa polifonía; las disposiciones instrumentales
están presentadas, además, de manera magistral, con gran economía
de medios, pero empleados con singular eficacia. El todo resulta
de una gran frescura y novedad de acento, y evidente fuerza de
reminiscencias; es una parte de la hispanidad medieval, heroica
y tosca, tierna y mística, que se asoma a los Catro
Poemas, y en ese sentido guarda puntos de contacto con algunos
momentos de El retablo de maese Pedro, de Falla.
Un giro ascendente, por grados conjuntos, parece enlazar temáticamente
entre sí a las diversas canciones del ciclo. De tono épico es
la primera, María Pita,
temperado por una suave emoción; particularmente feliz
es la frase inicial, muy elocuente en su sobriedad, así
como, hacia el final del trozo, cuando se alude al tañir de las
campanas:
“Din
as mías campanas escoitade
(din, don, din, don)
de monte a monte, e mais de ría a ría
(din, don, din, don)
O, bronce meu, teu bronce foi, María!”
La segunda, O touro (Na
proba d’obispo Adaulfo), tiene carácter de égloga. Comienza
con un alegre e ingenuo aire de danza, de matiz pastoril, al que
sigue una delicada línea vocal, con un obstinado movimiento en
síncopas, que traduce a la perfección el tono interrogativo y
levemente ansioso del texto, que luego se hará más terminante
y afirmativo.
Dramática y sombría es la tercera, A
Ruy Xordo, especie de marcha fúnebre, cuya melodía avanza
sobre insistentes acordes arpegiados, dispuestos casi siempre
por cuartas, de acuerdo con la ya mencionada afinación de la guitarra.
Es un trozo de emoción honda y gran expresividad, que alcanza
a veces contornos trágicos, macabros.
La última canción, María
Balteira, retorna en cambio a una atmósfera clara y alegre,
de ritmo alerta, completado por acordes dispuestos asimétricamente,
sencillo acompañamiento de rústicas armonías, hábilmente presentadas,
que alternan con el canto, largamente desarrollado, a modo de
ritornello.
Las Catro Poemas Galegos
fueron incluidos en los Festivales de Amsterdam, de 1948, organizados
por la S.I.M.C. Al hacer la reseña de los mismos, el delegado
del diario The Times, de Londres, se expresa en términos bien elocuentes acerca
de la obra de nuestro compositor:
“The
best of the chamber-music works was the Spaniard Julián Bautista’s
Catro Poemas Galegos.
This imaginative and sensitive settings of four half popular,
half mystical, medieval ballads in the Galician dialect were sung
with great insight and feeling by Janet Fraser. Bautista is not
afraid to be Spanish in his idiom, and his music gains rather
than loses thereby; this was almost the only work heard that had
what the French call un
goût de terroir”.
También muy poca diferencia presentan en su terminación las
dos obras siguientes, separadas por diez años del resto de su
producción, ya que la Sinfonía
breve data de mayo de 1956, y el Romance
del Rey Rodrigo, de julio del mismo año. Bautista trabajó
pues simultáneamente y con toda objetividad en ambas obras, de
tan diferente aspecto y carácter.
La Sinfonía breve
(de título engañoso, como la Petite
Symphonie concertante, de Frank Martin, pues se trata de una
partitura de dimensiones bastantes amplias) fue escrita por encargo
de la Asociación Amigos de la Música. Constituye una de las más
frescas y logradas creaciones orquestales del músico español,
imponiéndose por el impulso dinámico y claridad de acento de sus
dos movimientos rápidos, que encuadran a un sentido tiempo lento
central. La escritura, de atrayente esencia tonal, aunque bastante
moderna como procedimiento, revela la madurez artística alcanzada
por el compositor, y su maestría en el manejo de los materiales
técnicos. A pesar de haber sido instrumentada para un conjunto
relativamente reducido, se destaca por el brillante colorido y
plenitud de la sonoridad orquestal.
“El estilo de Bautista –señala Ernesto Epstein, refiriéndose
a esta partitura—se define por la importancia que adquieren ciertos
motivos de sustancia rítmica, que sometidos a las más variadas
transformaciones penetran en cada una de las secciones de un movimiento
y aún a lo largo de toda la obra. A estos temas de ritmo pronunciado
y dinámico impulso, se enfrentan por partes otros de carácter
más melódico y expresivo. Otro rasgo
característico de la estructura musical de J. Bautista
es la prolija elaboración contrapuntística, que echa a mano a
los más diversos recursos propios de esa técnica –imitaciones,
inversiones, estrechos y aumentaciones de los temas—sin comprometer
en ningún momento la transparencia y espontaneidad del idioma
musical. En el aspecto tonal, el autor no se pliega a un atonalismo
absoluto. Por trechos de acentuado cromatismo, sus temas y la
concepción armónica se basan sin embargo en ciertos polos tonales,
lo que asegura la solidez y la lógica interna de la estructura
de la obra”.
El primer tiempo, Allegro
ben ritmico, es de forma allegro
de sonata clásico, con sus dos temas principales bien diferenciados,
integrando la exposición, a la que siguen un desarrollo y una
recapitulación variada, que aparecen amalgamados entre sí. Este
movimiento se destaca por su solidez constructiva y lógica; nervioso
e incisivo, de notable densidad sonora, se complace con frecuencia
en giros cromáticos e intervalos amplios, que le asignan una fisonomía
característica.
Sigue un Moderato assai
ed espressivo, de forma de lied tripartito. Constituye una
lograda oposición de clima y espíritu con los otros dos movimientos.
Presenta líneas melódicas flexible, de ricas y variadas figuraciones
rítmicas, que se desarrollan caprichosamente en un conjunto transparente,
de particular encanto y fuerza de sugestión.
Completa esta simpática obra un Allegro
vivace en forma de rondó, alternando una idea principal, graciosa
y animada, con varios episodios. Retorna aquí el ambiente jovial
e impetuoso del primer tiempo, más vehemente todavía, si cabe,
con sus diseños irregulares, con acentos entrecortados. Es una
página de irresistible impulso, dotada de gracia y espiritualidad.
El Romance del Rey Rodrigo,
para coro mixto, es una obra más interior y concentrada, de intensa
expresión y profunda emotividad, llevada a efecto mediante procedimientos
sobrios y efectivos. De amplitud considerable, está escrita sobre
un texto extraído del Romancero Español, adaptado y ordenado por
el propio compositor, en el que se refiere al episodio histórico
de la traición el episodio histórico de la traición que, en venganza
de una felonía cometida por el Rey Don Rodrigo, puso a España
en manos de los moros, siendo destruido el reino godo. La escritura
del coro, de esencia modal y claramente diatónica, se destaca
por la persistencia de ciertos intervalos paralelos, principalmente
cuartas (y también séptimas) que imprime a la obra cierto aspecto
de organum medieval, de sabor arcaico y evocador. Este procedimiento,
que se mantiene todo a lo largo de la composición, le confiere
marcada unidad de concepto. Abundan por otra parte imitaciones
canónicas y otros artificios contrapuntísticos, típicos de la
época de la polifonía vocal.
La mencionada obra consta de seis fragmentos de importancia
dispar, alternando tres trozos más breves, denominados Imprecación, de particular tensión dramática, con otros tanto, más
dilatados y de valor narrativo: La
Profecía, La Carta y La Traición, que termina también por
los versos de la Imprecación,
asegurando así un equilibrio perfecto bajo el aspecto formal,
pues la partitura cobra casi el aspecto de un rondó. Los números
de Imprecación son de
acento enérgico y doloroso al mismo tiempo, ganando cada vez más
intensidad y elocuencia. Al aparecer por movimiento retrógrado
la frase musical correspondiente a los versos
“Madre
España, ¡ay de ti!”
la letra aparece también curiosamente invertida, dando la siguiente
combinación:
“Añapse
erdam, ¡It ed ya!”
Entre los momentos más logrados y originales de esta obra,
tan singular en conjunto, figura la lectura de la carta que la
Cava escribe a su padre, el conde Don Julián, de reiterados y
nerviosos rasgos melódicos, oportunamente coreada por el conjunto.
También en La Traición,
el comentario tan sugestivo de la derrota del Guadalete, y la
admirable conducción a la Imprecación
final, refiriéndose gráficamente a los versos
“y
perdido el rey señor
sin nuca dél saber nada”
con sus curiosas y depresivas oscilaciones cromáticas.
El 30 de diciembre de 1957, Bautista dio cima a la Segunda Sinfonía Ricordiana, evidentemente una de sus páginas más
considerables y culminación de su aporte dentro del género orquestal.
Dicha partitura recibió el nombre antes mencionado al haber triunfado
en el Concurso Latinoamericano de Composición organizado por Ricordi
Americana, con motivo de cumplirse 150º aniversario de la fundación
de G. Ricordi & Cía. de Milán. El jurado, que se pronunció
por unanimidad, estuvo constituido en esa ocasión por los maestros
Juan José Castro, M. Camargo Guarnieri y Alberto Ginastera.
La Segunda Sinfonía
completa e imprime una plena realización a las directivas y propósitos
apuntados en las Sinfonía
Breve. Es una obra tal vez más densa y severa, menos graciosa
y chispeante, pero de mayor aliento y proporción. Aparece orquestada
para un conjunto más nutrido que la anterior, pero en el que –al
igual de la Sinfonía Breve—el
elemento percusivo y de color, con excepción de los timbales,
aparece eliminado.
La construcción, muy ingeniosa y realizada con la más severa
economía de medios, obedece fundamentalmente al juego de una célula
inicial constituida por dos terceras menores, una ascendente y
otra descendente, que dan una progresión de valor cromático. Con
este simple elemento, Bautista, apoyado en su amplio dominio técnico
y lógica constructiva, ha llevado a efecto una amplia creación
sonora, de notable unidad de criterio en todo su desarrollo. “En
toda la obra existen constantes alusiones a las terceras menores
de la célula inicial y a los diversos motivos que caracterizan
las distintas secciones del esquema formal, por lo que bien puede
decirse que el compositor ha elaborado su sinfonía con un criterio
cíclico”.
De una duración de más de media hora (exactamente 32 minutos),
la Segunda Sinfonía Ricordiana
se halla dividida, como la anterior, en tres movimientos ampliamente
desarrollados y equilibrados entre sí, que responden en líneas
generales a formas clásicas. Así el Allegro
inicial aparece elaborado dentro del esquema del primer tiempo
de sonata; de acento vigoroso y afirmativo, presenta en su incesante
movimiento una constante variación de los elementos constructivos.
El discurso se calma, haciéndose más profundo y concentrado en
el segundo tiempo, Andante
moderato senza lentezza, de intensa expresividad y frecuentes
fluctuaciones de movimiento, que desemboca en un Vivacissimo,
especie de frenético scherzo,
que luego se va desdibujando y perdiendo en la lejanía. El tercer
y último tiempo, Allegro
giusto es un rondó, cuya idea principal se desprende del motivo
expresivo del fragmento anterior; alterna con diversos episodios,
en un aumento constante de la dinámica y la densidad sonora, hasta
culminar en su brillante coda final.
La última obra de Julián Bautista es el Cuarteto
de Cuerdas Nº 3, para instrumentos de arco, terminado el 12
de agosto de 1958. De casi 25 minutos de duración, esta obra obtuvo
el premio del Concurso Interamericano organizado por la Asociación
de Conciertos de Cámara de Buenos Aires, por el voto unánime de
un jurado integrado por el brasileño M. Camargo Guarnieri, el
chileno Juan Orrego Salas y el argentino Alberto Ginastera.
De escritura un tanto maciza, un poco orquestal, respondiendo
en ese sentido a la línea de los últimos cuartetos de Béla Bartók,
aunque muy diferente es su espíritu, la composición de Bautista
revela con claridad la maestría y madurez de su talento creador,
a través de un discurso hábilmente elaborado, en el que ha resuelto
en forma especialmente satisfactoria los problemas que se ha planteado
en los diversos aspectos técnicos. Aunque establecido sobre bases
tonales bien delineadas (el Cuarteto está en Do), abundan los giros de un rico cromatismo, observándose
a veces curiosas apariciones de series dodecafónicas, aunque su
fisonomía y ulterior tratamiento distan sobremanera de los procedimientos
habituales, debiendo ser consideradas más como expansión de la
línea melódica, pero sin afectar esencialmente el fondo armónico
tonal de la obra.
La composición que nos ocupa, de méritos poco frecuentes, se
destaca por el interés y novedad de su inventiva temática, y la
lógica y seguridad de su realización técnica, en el aspecto formal
y en la disposición de las voces instrumentales. Se caracteriza
en general la seriedad y nobleza del discurso musical, claramente
dispuesto y exento de concesiones, la intensidad expresiva y la
flexibilidad de su escritura, de hábil polifonía.
Comprende cuatro movimientos: un breve Moderato
assai e sostenuto, donde figura un elemento que juega un papel
cíclico, ya que reaparece en otros tiempos; un Allegro
giusto, muy vivaz, dinámico e incisivo, iniciado con un poderoso
motivo en una disposición al unísono y en octavas, de los cuatro
instrumentos; un Lento non
troppo, de amplias proporciones, de un sobrio lirismo, basado
en gran parte (calmo non troppo en un pedal obstinado, sobre el que se crea una
fuerte tensión armónica, y un Allegro
molto deciso, de notable empuje en su incesante y recio martilleo
en corcheas, que cierra dignamente esta significativa partitura,
en su rítmica, impetuosa y depurado acento.
Había alcanzado Bautista la plenitud de su capacidad con estas
últimas obras, que revelan tanto la maestría en la factura como
en la hondura y calidad singular de su inspiración. Mucho y bueno
se podía esperar todavía de sus bellas dotes creativas, que hubiesen
enriquecido sobremanera el acervo de nuestra música, ya que, repito
nuevamente, el maestro español habíase identificado por completo
con el movimiento musical de nuestro país, que constituía para
él una segunda patria y al que lo ligaban afectos y lazos entrañables.
Leer
el pensamiento de Alberto Ginastera
Leer el pensamiento
de Juan José Castro