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de Alberto Ginastera
EL PENSAMIENTO DE JUAN
JOSÉ CASTRO
sobre Julián Bautista
“Los
silencios de Bautista”,
Revista
ARS de Buenos Aires,
Nº
3, año 1961.
Una
circunstancia caracteriza la producción de Julián Bautista; las
pausas entre una y otra obra se prolongan cada vez más con el
correr de los años. Su obra, fruto de un pensamiento rico y prieto,
es parca en los medios, jugosa en las ideas. Discreto, sobrio
en su persona, así quiere que sea su arte. Nada extraño, pues,
que su producción se demore, sometida como
es a minuciosas revisiones antes que el artista decida
liberarla para que eche a volar.
Tan
porfiada disciplina, al tiempo que limpia su discurso del menor
atisbo declamatorio, de todo elemento superfluo, impone su ritmo
a la producción del músico cuyo mensaje, menos numeroso de este
modo, se enriquece antes que empobrecerse. Así, cuando sus silencios
se quebraban era siempre para regocijarnos con ricas compensaciones:
los “Catro Poemas Galegos", el “Romance del Rey Rodrigo",
la “Sinfonía Breve". O el Cuarteto. Pausadamente, una tras
otra estas obras van edificando aquello que, habiendo sido su
refugio y confesión, se transforma un día en revelación, pues
esas páginas constituyen el relato más puro, más entrañable que
el artista hace de su vida secreta a los demás hombres. Tal es,
al fin, la misión del creador.
Cuando
llegó el día en que su silencio se prolongó más de lo habitual
–después de su hermoso Cuarteto—pudimos temer que se repitiera
el caso, ya clásico, que hiere a las letras argentinas en un artista
señalado: el gran silencioso, el admirable Banchs.
Fue
esta vez un silencio de varios años que preocupó a quienes estábamos
alerta a su trayectoria obstinadamente ascendente. Pero ya por
entonces la secreta angustia de Bautista era otra: el “¿qué hacer?”,
que se plantean tantos artistas actuales ante la incontrolada
afluencia de sistemas, teorías, doctrinas, productos extramusicales
–curalotodo, alguno de ellos, apto para todo uso—ese terrible
“¿qué hacer?” había invadido su espíritu; pero su perplejidad
no arrastró a este artista de convicciones a afiliarse en tal
o cual secta, poseedora fugaz de la panacea que cambia de mano
cada quince días. También en música se hacen sinfonías con arpilleras
rasgadas y prendas interiores sucias de rouge;
también conocemos algún Scherzo
con el trío quemado, chamuscado adrede como símbolo de libertad
en el arte o ¿esclavitud a la moda? Dicho sea de paso: ¿por qué
para algunos libertad es roña, sadismo, repugnancia?
He
tenido durante muchos años el privilegio de conversar largamente
con Bautista. Quizá él no lo supiera, pero yo escuchaba como se
escucha para aprender. (Estoy seguro; no lo sabía. Le hubiera
espantado tener tono didáctico.) Pero las cosas llegan por muy
distintos caminos. ¿Era lo que decía entonces tan trascendente,
tan agudo o nuevo? ¿O era otro el influjo que me hacía seguirlo
con deleite? No quiero analizarlo ni quise hacerlo nunca. Lo que
sí puedo afirmar es que la limpieza de su pensar era siempre una
lección. Me entregaba, pues, a ese inmenso placer como lo haría
hoy, si una gigantesca fuerza de la voluntad pudiese deshacer
lo hecho. Sí, me entregaría de nuevo a la gracia cautivante de
su palabra, a la sagacidad de sus juicios, a sus frecuentemente
sorpresivas conclusiones.
(¿Por qué me recordaba tanto entonces a aquel otro español
que también eligió la Argentina para vivir y para morir, a don
Manuel de Falla?)
En
una de esas conversaciones que eran diarias en San Juan de Puerto
Rico, en el Conservatorio o frente a éste, en mi casa, abordé
el tema. Sé lo difícil que es franquear esa puerta donde empieza
la intimidad del artista y tras la cual el diálogo es con uno
mismo. Temía molestarlo, herirlo en su condición de “músico inactivo”,
pero pensé que sería bueno para él y para mí.
El
esperaba, fue su respuesta. Que me bastó. porque Bautista,
músico puro, fiel a su causa, incapaz de una deserción, pero consciente
del planteo dramático que todo el arte enfrenta, callaba. Esperaba.
Lúcida espera la suya, en la meditación. No renuncia. No desesperación.
Para esto basta con ser débil.
Podríamos
definir esta actitud como sufrida espera de una intuición. porque
él no aceptaba la exclusión del misterio en la obra artística.
Tal vez no desechara la posibilidad de una intuición que lo llevara
un día hacia rumbos por los que nunca viajó. Pero tendría que
hablar su profundo “sentir” musical; sería su voz interior quien
lo ordenase, nunca los esquemas ingeniosos, las teorías
previas a la creación. Entre tanto no lo intentaría ni aún
como experimento. Nada que no fuese una voz con fe, una voz
creyente ocuparía sus pentagramas. Y esperaba ese sonido.
Todo
eso leí en sus dos palabras.
Ahora
que todo ha pasado encontramos en hojitas de papel escritas con
letra nerviosa, incisiva que tiene no sé que virtud de vivificar
a las palabras, apuntes diversos sobre sistemas
musicales actuales. Algunos verdaderos aforismos: “Un exceso de
ordenación puede llegar a esterilizar. Composición es, en este caso,
contrario a creación”. Alguna frase allí estampada tiene elocuente
poder sintético: “La composición es un misterio; no un problema”.
Así pensaba cuando murió. Así seguirá diciéndolo su música.