El
recuerdo de Bautista
Por Pola Suárez Uturbey
Diario “La Nación” 21
de Abril de 2001
Buenos Aires, Argentina
En
el torbellino de republicanos que llegaron desde España, empujados
por la guerra civil, arribó a Buenos Aires Julián Bautista. Por reflejo natural de su
especialísima personalidad, este compositor había formado parte
de círculos artísticos e intelectuales, como lo fue el Grupo
Madrid, que en 1930 integraron Rodolfo Halffter y Salvador Bacarisse,
entre varios más. La consigna era escapar a un hispanismo de exportación,
fácil y decorativo, y, en cambio, producir un arte cuyo valor
sea medido exclusivamente por sus cualidades musicales, sin
mercantilismos ni asociaciones de tipo literario o filosófico.
El rechazo de la estética wagneriana era explicable. Por lo demás,
decían en su declaración de principios, “nada de romanticismo,
nada de cromatismo, nada de divagaciones ¡y nada de acordes
de séptima disminuida!”, aludiendo a elementos técnicos de
prosapia wagneriana.
Cuando Julián Bautista llegó
en 1940 a Buenos Aires ya había compuesto el ballet “Juerga”,
que estrenó en la Opera Cómica de París Antonia Mercé; “La Argentina”;
“Don Perlimplin”, ópera basada en García Lorca, e “Interior”, sobre
texto de Mauricio Maetterlinck, esta última perdida tras el
incendio de su casa madrileña durante la guerra.
Ya en la Argentina, dejó brotar sus sentimientos hispanos, mediante
un lenguaje moderno forjado en sus más íntimas convicciones.
“La composición es un misterio -dijo-, no un problema”. La “Fantasía
española”, de 1945, los “Catro poemas galegos”, la “Sinfonía breve”,
el “Romance del rey don Rodrigo”, para coro “a capella”, su sinfonía
“Ricordiana” o el “Tercer cuarteto de cuerdas>’, quedan
como reflejo de ese pensamiento que transmitió a sus alumnos:
“Hay que ir contra los «absolutismos» estéticos, hay que huir del
arte químicamente puro”.
En Buenos Aires, Julián Bautista fue recibido con entusiasmo por
ese núdeo de artistas e intelectuáles formado por Victoria Ocampo,
Juan José Castro, Alberto de Zavalia, Orestes
Caviglia, Saulo Benavente, Alberto Ginasterá, Delía Garcés,
Pedro López Lagar, Luisa Vehil, es decir gente de la música,
el teatro y el cine, gente que vibraba al menor estímulo de
sus pares en terreno ideológico y artístico. En esas reuniones -según
es ya histórico-, Bautista ratificaba su sentido de hispanidad
y la fuerza de sus convicciones, pero al mismo tiempo ponía
al descubierto un sentido crítico muy profundo de los hombres y
la vida por medio de sentencias humorísticas, de ocurrencias
verbales llenas de picardia.
Tal vez era una manera
de ocultar su personalidad taciturna y los dolores que le provocaba
el destino de su patria.
Al lado de sus composiciones de más exigente creación, Julián Bautista
dedicó años a la creación de música para el cine, desde “La
maestrita de los obreros”, de Zavalia, con DeIia Garcés, Orestés
Caviglia y Oscar Valicelli; “Concierto de almas”, con Garcés y
López Lagar; “Cuando’florezca el naranjo»; “Juvenilia”; “Casa de
muñecas”; “Nuestra
Natacha”, de Julío Saraceni,
con Amelia Bence y Esteban Serrador; “Los hombres mueren de
pie”, con García Buhr y Amalía Sánchez Ariño, y tantísimas otras
que forman la gran historia del cine nacional. Eran los tiempos
en que el cine ayudaba a vivir a muchos de nuestros compositores.
Se había casado en la Argentina y tuvo un hijo, Julián, con Adela
Fuks, mujer de inquietante elegancia y femineidad, que durante
años embelleció las páginas de LA
NACION con sus diseños de modas. Cuando Pablo Casals ofreció
a Juan José Castro la dirección del Conservatorio de San Juan
de Puerto Rico, Castro designó a Bautista como profesor de
composición, pero sólo alcanzó a estar allí un año. Cuando este
luchador empezaba a recoger, llegó la muerte, en 1961, tras
haber dejado en la Argentina más de media docena de discípulos.
Julián Bautista había nacido
en Madrid hace un siglo, exactamente el 21 de abril de 1901.
En el curso de este año se lo recordará tanto en España como en
la Argentina por medio de diversos conciertos y conferencias.
Entre nosotros está previsto un homenaje en el Salón Dorado
del Teatro Colón, que contará con la presencia de algunos de sus
discípulos,
entre ellos Valdo Sciammarella y Carlos Pemberton, e incluirá la
audición de obras.
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