COMENTARIOS
Y ANALISIS
PUBLICADOS EN VIDA
Arturo
Román,
especial para “Criterio” de Buenos Aires,
desde San Sebastián,
Agosto de 1932.
De
entre la nueva generación de compositores españoles –que cuenta
con personalidades tan significadas como los hermanos Halffter,
Bacarisse, Pittaluga, Salazar—la figura de Julián Bautista está
perfilándose con rasgos acusados. Muy joven aún, como que sólo cuenta
con treinta y un años, Bautista pertenece por derecho propio a ese
núcleo valioso que con su obra fervorosa sigue la ruta abierta por
Falla, Albéniz, Esplá, Granados y Turina para la conquista de un
puesto de preeminencia de la música española en el arte europeo.
Inició
sus estudios de niño en el Conservatorio de Madrid. Piano, con doña
Pilar Fernández de la Mota; armonía y composición, con el ilustre
Conrado del Campo. Pero abandonó la carrera de instrumentista para
dedicar todo su tiempo y su entusiasmo a la labor creadora.
Sólidamente
preparado y templado su espíritu en la atmósfera nueva de las corrientes
españolistas, se dio a labor. Su primera producción, empero, fue
“Interior” drama lírico compuesto sobre la obra de Maeterlinck.
Producción impresionista, nacida bajo la influencia poderosa del
“Pelleas” de Debussy, a que muy pocos compositores jóvenes lograron
substraerse, Julián Bautista no intentó nunca darla a conocer. Con
ella no hizo otra cosa que ejercitar sus fuerzas porque estaba bien
seguro que su “Interior” no respondía sino a ese penoso proceso
de la rebusca de la propia personalidad. Pero la alta calidad del
modelo que inspiró su trabajo nos sirve para tener el primer antecedente
respecto a su gusto artístico y a la permeabilidad de su sensibilidad
moderna.
Si
en el orden cronológico “Interior” es su obra primigenia, la revelación
de Julián Bautista como compositor sólo data de hace muy pocos años
merced a su ballet “Juerga”, sobre escenario de Tomás Borrás, que
“La Argentina” (Antonia Mercé) estrenó en la Opera Cómica de París.
“Juerga”, que es una estampa colorida y viva del Madrid de 1885,
anticipa y promete. La
crítica francesa le prestó atención; menudearon los elogios, y así
estimulado el joven músico prosiguió sus trabajos con más decidido
empeño.
A
“Juerga” siguió las “Suite all’antica” de noble corte clásico
ligeramente entintado de españolismo. Tras de ésta vino “Preludio
para un tibor japonés”, un encaje musical lleno de gracia y de finura.
Ambas producciones fueron dadas a conocer en Madrid por la Filarmónica
y la orquesta del maestro Lasalle, respectivamente. Público y crítica
comprendieron que se hallaban en presencia de un compositor digno
de ser tenido en cuenta. El Cuarteto Rafael le estrenó luego un
“Trío” para violín, viola y violoncello, y el gran Regino Sáinz
de la Maza el delicioso “Preludio y danza”, de definido sabor hispano.
Una suite para piano, “Colores”, cuyo título anuncia bien
su carácter, completa la serie de producciones menores.
Pero
donde Julián Bautista ha impuesto la fuerza de su arte, rico de
inventiva, pleno de recursos, hondo de inspiración fresca y en camino
de madurez, es en los dos cuartetos para cuerdas que le valieron
las máximas recompensas en los concursos nacionales de los años
1923 y 1926. Completan su obra –no muy copiosa pero de indudable
jerarquía artística—cinco “lieder”: dos sobre versos de Gregorio
Martínez Sierra. Los restantes son las más delicada traducción musical
de esas miniaturas poéticas que Franz Toussaint, después de arabizar
en “Le jardin des caresses”, hizo “a la maniere chinoise” .
Ahora
Julián Bautista se ha dado a la tarea de comentar musicalmente una
obra lírico-bufonesca de Federico García Lorca, el más poeta de
todos los poetas nuevos de España. Se titula “Amor de Perlimplín
con Belisa en el jardín”. He leído la obra y comprendo el esfuerzo
que tendrá que hacer Julián Bautista para ponerse a la altura lograda
por el poeta.
El
ambiente caprichosamente dieciochesco de la farsa –que tiene algo
del espíritu de los “Esperpentos” de Valle-Inclán--, la gracia pimpante
de sus diálogos áticos, la fina comicidad de las situaciones, el
clima poético que se crea en la bufonada, la rara mezcla d ternura
y desenfado que campea en ella, constituirán, sin duda,
un motivo de prueba para el músico que con tanto entusiasmo
acomete la empresa de hacer una obra que bien puede marcar un punto
de partida y provocar una reacción en la lírica española tan falta
de cultores al presente.
Julián
Bautista, que tiene un concepto definido y claro de su arte, tanto
como de sus propias posibilidades, huye en la música de los regionalismos
“folklóricos” por lo que ellos tienen de encasilladores. Madrileñísimo por ambiente
y tradición familiar, cree que no será con chotis castizos que Madrid
imponga un día al mundo su arte sonoro ni reverdezca los viejos
laureles de Chueca y de Valverde. Para él, la música debe aspirar
–cuando de música de aspiraciones se trata—a la categoría de lenguaje
universal. Para ello se hace indispensable alejarse de los “pintoresco”,
impotente por sí solo para llegar a lo trascendente.
Hasta
hace poco –me dice—España ha sido el país del “color exótico”. Rindieron
culto a ese exotismo no sólo nuestros músicos y escritores, sino
buena suma de extranjeros: Bizet, Mermée, Debussy, Ravel, Rimsky-Korsakoff,
Gautier, sin olvidarnos de Chopin con su descolorido “Bolero”. Ya
en tiempos de Luis de Vitoria lo que interesaba en Italia de este
músico maravilloso no era precisamente su sabia polifonía sino su
“color español”. Bien es verdad que la “Iberia” de Albéniz despertó
en París el interés inicial de Europa por la música culta española
de nuestros días, pero no ha de ser por ese camino de regionalismo
sonoro que España irá a ocupar su puesto en el concierto del mundo.
El
excesivo apego al colorismo local lleva a la limitación anquilosadora.
No será sólo a base de color que los músicos españoles aspiremos
a la formación de nuestro lenguaje. Debemos hacer obra que pueda
reconocerse universalmente como española por su esencia espiritual,
por su levadura íntima, sin necesidad de darle particular fisonomía
apelando a las fuentes “folklóricas”. Y esto debe hacerse conciencia
entre nuestros compositores. Debemos aspirar a la universalización
del peligroso provincialismo de la música española. Falla ya ha
dicho su palabra en ésto.
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