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Y ANALISIS
PUBLICADOS POST - MORTEM
Horacio López de
la Rosa,
diario “Buenos Aires Musical”,
“A diez años de su muerte”,
el 1º de Agosto de 1971.
Escribo
estas reflexiones luego de haber intentado, con bastante éxito,
reconstituir “auditivamente” casi toda la producción del maestro
madrileño, en un ciclo de nuestra emisora nacional. Gracias a la
colaboración de muchos –porque la mayoría de las partituras y eventuales
grabaciones están en todas partes, menos donde tienen que estar—se
pudo tener así una idea integral de una obra a la vez escasa y densa,
incluyendo las páginas juveniles que el público argentino no conocía.
Y
tras apreciar de cerca una producción verdaderamente importante,
pienso en un adecuado colofón: meditar en voz alta sobre, por lo
menos, dos cuestiones. La primera, la personalidad musical y humana
del autor de la música, y la permanencia de su obra; la segunda,
su ubicación en el panorama artístico de un país.
Ser
–uno—mismo en materia de composición, asimilando las influencias
pero buscando tenazmente la expresión individual, supongo que constituye
el máximo deseo del creador musical. Ello está en directa relación
con la visión que se tenga del arte, la vida y el universo, no importa
si fruto de interrogantes intencionados o del cotidiano peso de
las cosas. Es decir: no se escribe música automáticamente, no hay
fórmulas mágicas, ni modas salvadoras. Y menos, lugar para el macaneo
(palabra muy ilustrativa, aceptada hasta por la Real Academia).
En
cuanto a la permanencia de una obra musical, también está en perfecta
proporción con esa cruel claridad en las intenciones. Se puede hacer
demagogia, o bien intentar esoterismos al gusto de la época, pero
ahí están las obras, las únicas que atestiguan con verdad. Poco
importa si cubren o no la cuota de modernidad que se exige en algunos
círculos, o si, por el contrario, desbordan los moldes conservadores.
Y
también está ubicarse en el clima artístico de la ciudad o el país.
Muchas veces se habla de selva:
luchas a brazo partido, capillas, desdenes, etc., pero no tantas
de jardín o vivero. A riesgo
de pasar por ingenuo, debo recordar que sólo allí se dan las mejores
floraciones, modelos y experiencias, y que no se excluyen las leales
competencias, como tampoco olvidos y rezagos.
Pues
bien: la obra de Bautista puede colocarse sin temor entre las de
meditada y segura personalidad, equidistante de las fórmulas al
uso en su momento pero atenta a la evolución, fundamentada sólidamente
en el pasado pero ajena a los barbarismos disfrazados de revolución.
Por eso puede permanecer, porque aún en las páginas menores hubo
siempre intención de hacer música y no otra cosa. Una clara conciencia
estética, al fin de cuentas. Y una cultura, no sólo musical.
Del
romántico asunto del jardín, donde hemos visto cómo sus partituras
han descansado a la sombra de copudos ejemplares arbóreos, pensemos
que muy bien puede llegar la hora de ponerlas al sol, para que junto
con sus enseñanzas y su nunca discutida hombría de bien podamos
seguir engalanando esta “Buenos Aires Musical” tan opulenta, y que
durante veinte años lo aceptó como querido hijo.
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