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Y ANALISIS
PUBLICADOS POST - MORTEM
Alberto
Emilio Giménez,
Revista “Clásica” de Argentina,
“El limpio legado de Julián Bautista”,
Agosto 1991
Es
cosa de todos los días, que tras la muerte de un compositor se
abra con respecto de la difusión de su obra un compás de silencio,
cuya amplitud no resulta –por cierto- fácil de ser prevista.
En
el caso de Julián Bautista, el paréntesis se está haciendo bastante
más largo de la cuenta, sin motivos reales que lo justifiquen. Pero
la salida del interregno se producirá en futuro no lejano porque
existen demasiados valores, muy claros, indiscutibles, que se suman
en la personalidad de Bautista, y en su obra, tan meditada y tan
vital –tan esencialmente honesta, sobre todo—como para imaginar
siquiera un veredicto adverso por parte de la posteridad.
Músico
de noble estirpe artística, aquel madrileño que llegó al mundo el
21 de Abril de 1901 y desde sus años mozos, se perfiló como destinado
a protagonizar un destino relevante que el paso de los años no hizo
sino confirmar a través de una trayectoria rica en logros de buena
ley, tan sólo interrumpidos por una muerte asaz prematura, ocurrida
en Buenos Aires, donde había arraigado, trabajado, formado hogar,
ganando nombradía merecida y donde se lo respetaba como a uno de
nuestros valores propios.
Bautista,
que se formó en su ciudad natal, (con maestros como Pilar Fernández
de la Mora, para piano, y Conrado del Campo, para la composición)
no tardó en ser reconocido talentoso, así como provisto de una seriedad
que se mantendría invariable e incompatible con las concesiones.
En
tal sentido, tempranamente pasó a ocupar una cátedra de armonía
en el Conservatorio Nacional de Madrid y a integrar, con varios
colegas de su misma generación, el llamado Grupo
de Madrid, cuya acción se haría sentir de manera considerable.
Movimiento motivador y refrescante, en que revistaron Rodolfo Halffter,
Salvador Bacarisse, Fernando Remacha, Juan José Mantecón, Gustavo
Pittaluga y Rosa García Ascot. Corría entonces la primavera de 1930.
La
impresión que en él había causado Pelleas
e Mélisande provocó el deseo de escribir una ópera con recurrencia
al inspirador de Debussy, Maurice Maeterlinck: Interior,
un acto que no llegó a representarse. De ese entonces datan otras
muestras del juvenil talento, entre muchas una serie de piezas para
piano, Colores y Dos Canciones, sobre textos de Gregorio Martínez Sierra.
La
vida y el trabajo parecían desenvolverse normalmente, pero llegó,
con toda su tremenda carga, la guerra civil que duraría no menos
de tres años y que más allá de sus motivaciones iniciales; pasó
a constituir algo así como el ensayo general de la hecatombe que
se desencadenaría en 1939.
Esto,
naturalmente y cual aconteció con tantos miles de españoles, alteró
sustancialmente la vida de Bautista y su trayectoria artística.
Bajo los bombardeos que castigaron a Madrid, quedaron hechos cenizas
la ya mencionada Interior, una sonata, los dos primeros cuartetos, un concierto para
piano y orquesta y una ópera sobre textos de Federico García Lorca,
Don Perlimplín. Otros
de sus trabajos se salvaron, como La Obertura
para una ópera grotesca, que premiada en un concurso abierto
por Unión Radio, tuviera su estreno en 1932, en uno de los conciertos
de la Orquesta Sinfónica de Madrid, aquella que dirigía Enrique
Fernández Arbós.
Por
aquellos años, antes o después de la Obertura, surgieron el ballet Juerga,
estrenado en la Opera Comique de París por Antonia Mercé, en 1929;
Tres poemas japoneses,
para orquesta; la serie de tres canciones para soprano y piano La Flûte de Jade; la Suite all’antica,
de un neoclasicismo que emparienta con el Falla de El
Retablo y el Concierto para clave, y también la Sinfonietta halffteriana. Ese neoclasicismo entroncaba, por lo demás,
en el famoso Retorno a Bach
que los españoles –estos, cuando menos—prefirieron convertir en
un Retorno a Domenico Scarlatti,
con vista a afirmar una tradición nacional.
También llegaron por entonces Tres
ciudades, para voz femenina y orquesta, sobre poesías de García
Lorca, que Hermann Scherchen dio a conocer, en 1938, asía como la
Seconda Sonata Concertata
a Quattro, premiada en Bruselas con un jurado en el que figuraron
Honegger, Bliss, Casella y Tansman, con el resultado de un encargo,
el de la Sonate a quatre d’après
Giovanni Battista Pergolese que, junto con Preludio
y danza para guitarra, cierra la etapa española de Julián Bautista.
El
final del conflicto que por largo lapso dividió a España, abre un
tremendo interrogante para Bautista. Indoblegablemente firme en
el mantenimiento de sus principios ideológicos, aún cuando alejado
por naturaleza de la lucha política, decide dejar su país. Comienza
entonces un largo y no precisamente alegre peregrinaje que se cerrará
cuando el músico decide echar anclas en Buenos Aires, que de ahí
en más sería su ciudad, a muchos kilómetros de ese Madrid que no
dejaría nunca de palpitar en el fondo de su alma.
Los
primeros tiempos fueron, naturalmente, difíciles. Empero, llegan
algunos comprensivos apoyos, a los que se sumará el encuentro con
Juan José Castro, comienzo de una amistad honda que se mantendrá
por el resto de la vida.
Pero
es menester ganar el diario sustento, cosa por lo general difícil
para un compositor. Bautista lo encuentra por el lado del cine,
ese cine argentino por entonces muy activo sobre base plena e inflexiblemente
comercial.
Mas
en ese ámbito resulta posible moverse, inteligencia y autorrespeto
mediante, con franca dignidad artística y profesional. El resultado
está dado por una cantidad casi incontable de realizaciones respetables,
entre las que, hemos de recordar la que destinó a La
dama duende.
Pero
robando tiempo al descanso, siguió Bautista trabajando en “lo suyo”.
Consecuencia de esto son la serie de partituras de un compositor
inspirado, sólido, reflexivo, en constante pero coherente evolución,
en infatigable búsqueda. Obras que merecen seguir viviendo para
mayor riqueza de los repertorios, de la vida musical toda.
Fueron
entonces naciendo, idénticas en sus constantes, diversas en su caracteres
y estructuras, Catro Poemas
Galegos, (textos de Lorenzo Varela); Fantasía
para clarinete y orquesta, que el autor dirigió en el Colón
al frente de la actual Orquesta Filarmónica; Sinfonía
Breve, producto de un encargo de la ya lamentablemente desaparecida
Amigos de la Música, y que dirigió Paul Klecki; El
Romance del Rey Rodrigo, para coro mixto, que presentó Pedro
Valenti Costa y que ha de ser estimada como una de las pruebas mayores
de del arte de Bautista; la Segunda Sinfonía, premiada en el concurso latinoamericano que organizó
Ricordi (por ello su autor la tituló “Ricordiana”) y el Tercer
cuarteto, también distinguido con el primer premio en otro certamen,
convocado este por la también extinta Asociación
de Conciertos de Cámara.
Julián
Bautista tenía asegurada ya una posición de bien definida relevancia
en el que había pasado a ser su país de adopción. El músico ha deparado
también un aporte valioso a la enseñanza, transmitiendo principios
y sapiencia desconocedores de la improvisación y de las modas fugaces.
Le
llega por entonces, por parte de Pablo Casals, la invitación para
sumarse a la obra que con Juan José Castro como solista se está
realizando en San Juan de Puerto Rico por iniciativa del ilustre
violoncelista. También deja ver allí Bautista la excelencia y la
limpidez de la contribución que tenía en sus manos brindar.
Pero
en poco tiempo, una enfermedad implacable termina con su vida y
con cuenta ella permitía confiadamente esperar. Murió en Buenos
Aires el 8 de Julio de 1961. Tenía 60 años.
Deja
una obra tan valiosa, tan seria, tan merecedora de ser atendida
y escuchada por sucesivas generaciones. Creemos que toca a la Argentina
abrir camino en tal orden de cosas, tanto más por cuanto sus paisanos
no parecen mostrar el menor interés por contribuir a una adecuado
conocimiento de su música.
Paralelamente, dejó Julián Bautista el ejemplo silencioso
de su conducta artística, de su hombría de bien, de una conducta
rectilínea por todos respetada, coincidiérase o no con sus puntos
de vista estéticos o ideológicos. Corresponde, por lo tanto, que
su posteridad sepa mostrarse a la altura de ese legado.
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