COMENTARIOS
Y ANALISIS
PUBLICADOS POST - MORTEM
Rodolfo
Arizaga,
revista “Melomanía” de Buenos Aires,
Octubre de 1981.
Una tarde, hace
poquísimos años, en uno de los pisos del Fondo Nacional de la Artes,
alguien me vio por allí y me dijo que había rescatado un paquete
con mi nombre de pila, de papeles destinados a la hoguera. El Fondo
acababa de mudarse a su edificio actual y aprovechaba la ocasión
para aliviar su papelería. Era preciso purgar archivos y quemar
sus excesos inútiles. Entre ellos estaba mi paquete.
Al
abrirlo sentí una turbia sensación de horror y emoción, un insólito
escalofrío de espanto y de alivio a la vez: tenía en mis manos los
manuscritos originales de dos libros de Julián Bautista, escritos
entre 1934 y 1935 en Madrid: “Estudio comparativo de los principales tratados de armonía a partir de
Jean Philippe Rameau”, y “Memoria
sobre la evolución de la armonía a partir de Johann Sebastian Bach
hasta el momento actual y compositores que más han contribuido a
ello”. Si lamentablemente
el Fondo no los quiso, felizmente el fuego tampoco.
Luego
de un informe solicitado por la entidad bancaria, ésta decretó en
Abril del 71 la edición de ambos trabajos, resolviendo que fueran
precedidos de un ensayo sobre la personalidad de Bautista, que me
confiaba por Resolución Nº 10090/71, “visto que es finalidad del
Fondo Nacional de las Artes contribuir con su aporte al enriquecimiento
de la cultura”, y que, el fulano de tal –yo- “reúne antecedentes
y conocimientos en la materia que aseguran el rigor metodológico
e informativo necesarios para llevar a cabo este proyecto”.
De
aquí al cumplimiento del contrato, y de éste a la pira sólo hubo
silencio, ni siquiera el susurro de una esperanza lejana. Y lo que
es más y peor: la indiferencia e irresponsabilidad de una institución
consagrada a la cultura, que dejó resbalar el paquete (el mismo
que entregué en su momento) condenado al fuego de los desperdicios.
“Si
al filólogo le es necesario el estudio de las lenguas muertas para
conocer la etimología de las palabras en las letras vivas; si al
literario le son valiosos los conocimientos de los clásicos para
conseguir un buen estilo, aunque este estilo sea personalísimo,
y para poseer una cultura absolutamente necesaria, ¿cómo es posible
negar la conveniencia de un conocimiento profundo de la Armonía
clásica, fuente de todas las armonías actuales, aún las más modernas
y complicadas”?
Julián
Bautista se interroga y nos interroga, se pregunta a sí mismo, inquieto
por la creciente indiferencia que ha observado en los últimos años
por el estudio metódico de la Armonía frente al auge que fueron
tomando las nuevas técnicas incorporadas al mundo de la composición
musical. “La rama joven –reflexiona- no viene a destruir el árbol
ni sus raíces sino a darles nueva vida, y así como el tronco necesita
ramas nuevas para no morir, la rama nueva necesita del tronco y
de sus raíces para sustentarse, y de la savia que de ellos recibe
se alimenta para florecer”.
Respaldado
en esta sabia reflexión, Bautista comenzó a indagar los principales
tratados teóricos de la Armonía escritos en idiomas latinos (francés,
italiano y español) que son los que él dominaba, y los escrutó con
agudo lente de aumento, desentrañándolos en una prolija autopsia.
Bautista
se había presentado a un concurso por oposición para optar a la
cátedra de Armonía del real Conservatorio de Madrid. Debió para
ello elaborar una suerte de tesis que fundamentara su aspiración
y de allí nacieron ambos libros: el “Estudio
comparativo..”. donde analiza el contenido y la metodología
seguida en 24 tratados, desde Eximeno y Rameau (siglo XVIII) a Charles
Koechlin (siglo actual), omitiendo aquellos que hasta entonces sólo
habían sido editados en alemán o inglés (idiomas menos frecuentados
por el estudiantado español) y la “Memoria sobre la evolución..”., un prolijo examen generosamente ilustrado
con ejemplos musicales, donde el autor se detiene a observar las
características esenciales y los aportes personales de 27 compositores
desde el período barroco (J.S.Bach) a las escuelas contemporáneas
(Schienberg, Falla, Strawinsky, ...), transitando por los usos armónicos
de Mozart, Beethoven, los románticos (Wagner, Chopin, Liszt, Schumann,
Berlioz, ...), hasta Satie, Debussy y Scriabin.
La
redacción de estos dos estudios de Julián Bautista encierra una
profunda importancia técnica e histórica. Técnica, porque resume
con síntesis didáctica un tema vasto que el estudioso contemporáneo
no podría tal vez abarcar con plenitud, por exigencias de tiempo
o dificultades en la búsqueda de la información. Muchos tratados
de Armonía que aquí se analizan ya no circulan al alcance de todos
y algunos son inaccesibles inclusos en bibliotecas especializadas.
E histórica, porque el estudio de la Armonía ha derivado su vigencia
a otras áreas más limitadas de las que abarcó hasta el momento en
que la electroacústica y los nuevos módulos del pensamiento musical
contemporáneo planificaron otros horizontes.
La
Armonía es una ciencia que abarca el estrecho período entre Monteverdi
y Strawinsky, para sólo citar dos instancias culminantes y extremas;
apenas tres siglos y medio. Pero dada la magnitud de la música que
se escribió en ese lapso, los conocimientos armónicos se hacen imprescindibles.
No importa que el compositor actual no necesite de la Armonía para
componer. Importa sí, para profundizar y conectarse con lo que ocurrió
en ese período histórico, cuya producción sigue vigente y ocupa,
por abrumadora mayoría, el repertorio musical de mayor consumo hasta
el momento.
No
considero a la Armonía una materia innecesaria por el sólo hecho
de que el estudiante de composición prescinda de ella en su tarea.
Todo lo contrario. Mal puede asumir con responsabilidad una actitud
contemporánea quien ignora los procesos que la provocaron. Eso sí:
un estudio parcial de la Armonía, basado en una u otra posición
o criterio personal, ya no tiene sentido. En cambio, sí lo tiene
si se lo enfoca como lo hace Bautista: analizando tratados, observando
procedimientos personales, curiosos usos inéditos de la materia
sonora.
De
este modo, se condensa la información, se la aprieta en su verdadera
esencia, se la abrevia para que el estudio no se convierta en un
código caprichoso de prohibiciones o un manual de buenas costumbres,
algo a lo que había llegado (y sigue llegando) en tantos claustros
reaccionarios de la educación musical. Hoy los profesores sensibles
de la época, enseñan una Armonía práctica aplicada a los mismos
textos que el alumno trabaja paralelamente en sus clases instrumentales.
Como esto no suele ocurrir a menudo ni en muchas partes,
el estudio que propone Bautista cubre holgadamente esa imperiosa
necesidad: su ojo analítico concentra la información vital y útil,
reduciéndola a su núcleo más profundo y fundamental.
Técnico
sólido, informado, estudioso, Bautista llegó a ocupar un año antes
de su muerte, la cátedra de composición del Conservatorio de Puerto
Rico, a instancias de Juan José Castro, puesto allí como director
por el propio fundador del instituto: Pablo Casals. Alguna vez Bautista
llegó a decir: “La composición es un misterio, no un problema”.
Valga el axioma para definirlo bien; aceptaba la creación como una
gracia, pero admitía al mismo tiempo y en la práctica, que para
recibirla era necesario estar debidamente preparado, debidamente
aleccionado, por si no llega a tiempo o nunca, porque, como él mismo
lo dijo: “los músicos no geniales no pueden permitirse el lujo
de ser aburridos”. Había, pues, que ahuyentar el aburrimiento
como única coyuntura humana posible, para escribir bien y correctamente,
con el mayor ingenio, para que el misterio de la composición pueda
transitar un camino que no esté empedrado de problemas.
A
80 años de su nacimiento,
a 20 años de su muerte,
recordando a Julián Bautista.
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